Esta es la historia de un tipo interesante. Y bastante listo. Me da pena resumirla en un solo post, así que la separaré en tres episodios, en plan serial. No vale rebuscar en Google para saber cómo acaba, mantengamos el suspense.
Hans van Meegeren nació en Holanda, en 1889. Desde niño, siempre tuvo claro que quería ser pintor, a pesar de que el cabrito de su padre le gritaba a cada instante que era un mierda y que no servía para nada. Sin embargo, Hans era un tío persistente y sabía que, invirtiendo el tiempo y esfuerzo suficientes, podía llegar a conseguir cualquier cosa que se propusiera. Así que estudió en la academia de arte, se convirtió en pintor, se casó, tuvo un hijo, fue feliz y se comió alguna que otra perdiz… hasta que aparecieron los críticos, los malos de este cuento.
Hans había conseguido librarse de los comentarios cariñosos de su padre, pero se dio de morros con las amables reseñas de los entendidos, que le ponían de vuelta y media: que si sus cuadros eran demasiado “clásicos”, que era un artista de serie B, que sus obras eran perfectas para decorar el salón de una ancianita, haciendo juego con las cortinas de flores y los tapetes de ganchillo, y otras lindezas por el estilo. Es cierto que en esa época lo que triunfaba era el arte de las vanguardias, y que los cuadros de Hans eran realmente malos. Pero como es lógico, nuestro protagonista se mosqueó. Y empezó a urdir una terrible venganza contra el mundo del arte.

Obra original de Hans van Meegeren.
Durante seis largos años, se encerró en su estudio, analizando a fondo las técnicas y el estilo de los grandes pintores holandeses del siglo XVII, aprendiendo a pintar como ellos, utilizando sus mismos materiales. Se centró sobre todoen la obra de Johannes Vermeer (el de La joven de la perla), un artista no demasiado conocido en esa época y con una producción de cuadros bastante limitada.
En 1932 decide dejar Holanda y trasladarse al sur de Francia con su nueva mujer, la actriz Jo Oerlemans (su antigua mujer se había divorciado de él porque a Hans le iba bastante la botella y le ponía los cuernos cada dos por tres). Allí se hace con un cuadro de un pintor holandés desconocido del siglo XVII, le arranca la capa de pintura, fabrica unos pinceles idénticos a los que empleaba Vermeer y, utilizando técnicas antiguas, pinta su primera falsificación destinada a la venta, Los discípulos en Emaús. Endureció la pintura en un horno, la cuarteó y la envejeció. Su técnica de falsificación era prácticamente imposible de detectar con los métodos de análisis habituales de la época.

Los discípulos en Emaús. Primera falsificación de van Meegeren.
Ahora había que venderla. Para ello acudió a su abogado. Le contó que conocía a una rica familia holandesa que vivía en Italia y que querían vender con discreción un cuadro de Vermeer sin que se enterasen los fascistas. El abogado se puso en contacto con posibles compradores y al final logró emplumársela al Estado holandés. El cuadro se vendió en 1936 por una buena suma (al cambio, unos 4 millones de dólares de hoy en día) y se expuso con grandes honores en el Museo Boymans de Rotterdam. Los estudiosos prácticamente se arrodillaron ante este nuevo descubrimiento del gran Vermeer
Hans estaba exultante, con el ego por las nubes. Su obra colgada en un museo y los críticos rendidos a sus pies. Nadie volvería a llamarle pintor de brocha gorda...



4 habladurías:
No vale rebuscar en Google para saber cómo acaba, mantengamos el suspense
Hmm... pues ya he mirado.
Jeje, no, es broma, no he mirado.
Seguiré mi proceso de Iluminación...
:]
YA ME LA SÉ¡¡¡¡¡
Y sin buscar en google...
Biennnn!!!! Vuelven los post de arte!!! Podremos volver a vacilar de lo mucho que sabemos cuando vayamos a tomar unas cañas con los amigos!!!
Alcohooool, alcohoool... hemos venido a emborracharnos y el resultado nos da igual... (no sé si es exactamente así... pero medicarse contra el resfriado es lo que tiene).
Qué emocionante! La vida de un gran falsificador! Uy qué bien!
Un saludo,
Julia
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